Salud geoambiental 6 casos de éxito

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El ejercicio de la actividad profesional de un analista en salud geoambiental implica la identificación de los factores de riesgo geoambiental presentes en el interior de los edificios, y también el diseño de las medidas correctoras precisas para evitar la exposición de las personas afectadas. Se trata de una labor compleja en la que intervienen disciplinas dispares y multitud de factores ambientales que pueden llegar a tener una influencia patógena: contaminación electromagnética, geobiología, calidad del aire, comportamiento físico y químico de los materiales empleados en la edificación, etc. Estos factores son más habituales de lo que creemos, en nuestro entorno existen elementos que desconocemos y que pueden producir dolencias de carácter crónico.

Normalmente, y en el mejor de los casos, enfrentamos los problemas de salud mediante un tratamiento médico continuado con objeto de controlar la evolución y los síntomas de la enfermedad, mejoramos el estado de salud de la persona, o reducimos los síntomas, pero el enfermo resulta dependiente del tratamiento de por vida. Ahora bien, ¿y si somos capaces de identificar y hacer desaparecer la causa ambiental de la enfermedad de igual manera que cuando se identifica y se elimina un agente patógeno infeccioso mediante un antibiótico? Para poder comprender mejor qué es lo que se puede llegar a conseguir mediante el conocimiento profundo del lugar en el que vivimos me gustaría ilustrar este asunto que nos ocupa con seis historias en las que hemos participado desde la Fundación para la Salud Geoambiental y de las que nos sentimos muy agradecidos, seis casos de éxito en el tratamiento de la salud de unas personas que encontraron una solución satisfactoria a sus problemas de salud con una acción tan sencilla como cambiar algunos aspectos de su entorno.

6 CASOS DE ÉXITO

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Artículo publicado en la Revista Vivo Sano nº 3

¿Dormir con el móvil en la mesilla de noche? No, no, no.

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La contaminación invisible de móviles y redes Wifi puede dejarte en vela. Numerosos estudios relacionan una prolongada exposición a radiaciones diversas con el agotamiento de los sistemas de autorregulación de los seres vivos.

NATALIA MARTÍN CANTERO. 01 de marzo de 2013. 08:53 h.

En la serie de televisión de los años 90 Doctor en Alaska aparecía un hombre confinado en una burbuja de plástico a causa de una extraña enfermedad que le producía rechazo hacia casi cualquier cosa fabricada durante el siglo XX. Si este personaje ultra sensible entrase hoy en una casa normal y corriente, en una tienda o en un edificio público, seguramente le daría un telele.
Las personas muy sensibles a la sobreexposición de radiaciones están comenzando a aparecer en un entorno saturado por, entre otras cosas, los router Wifi y la telefonía móvil. “Tan importante como la alimentación o el ejercicio es el lugar donde vivimos”, señala Fernando Pérez, de Geosánix, una empresa especializada en evaluar los tóxicos ambientales y radiaciones naturales y artificiales en cualquier inmueble o terreno.
Es importante recordar que las radiaciones no son percibidas por los sentidos. No se pueden tocar, no se ven, no huelen y no se sienten, por lo que no hay que esperar ningún tipo de manifestación externa. Las radiaciones naturales proceden de la actividad geofísica en la corteza terrestre (un curso de aguas subterráneas, por ejemplo), mientras que las artificiales pueden proceder de las antenas y aparatos de telefonía móvil, los dispositivos inalámbricos de tipo Wifi, los transformadores de los electrodomésticos o el alumbrado urbano, entre otros lugares.
Numerosos estudios relacionan una prolongada exposición a radiaciones diversas con el agotamiento de los sistemas de autorregulación de los seres vivos. Entre los síntomas más comunes en una primera fase se encuentra la dificultad para conciliar el sueño o dolores de cabeza. Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció el año pasado que los teléfonos móviles pueden causar cáncer sembró todavía más incertidumbre sobre los peligros de los campos electromagnéticos. Entonces la OMS constató que en algunos ensayos hubo un aumento de gliomas (un tipo de tumor cerebral muy poco frecuente) que se “puede atribuir” al uso de estos aparatos, y que “hay que seguir investigando”.
“Existe una gran desinformación al respecto. Y sin información sobre cómo puede afectar a nuestra vida, ¿hasta dónde podemos exponernos?”, señala Pérez. “El Wifi es imparable, y se aplica a todo lo que concierne a nuestra vida. Posiblemente pronto llegará a otros dispositivos. La pregunta es, ¿a qué nivel de radiación nos estamos exponiendo? Estamos ante algo muy nuevo. Todavía tenemos que aprender a manejar los riesgos”.
Si se trata de poner límites, hay que comenzar por el dormitorio, el espacio donde pasamos más tiempo. La precaución más básica es desenchufar el router y apagar el móvil que mucha gente tiene por costumbre dejar en la mesilla de noche. Otras recomendaciones menos conocidas pero igualmente importantes son evitar colocar en la pared contigua un electrodoméstico ya que, aun estando apagado, emite radiaciones que traspasan la pared. Tampoco es conveniente poner a cargar el móvil cerca de la cama, ni usar un radio-despertador.
Entre los clientes de Pérez se encuentran personas con problemas como insomnio o fatiga crónica que, tras hacerse todo tipo de pruebas médicas, recurren a esta empresa como último recurso. Este es el caso de un matrimonio de Córdoba que, según señala, tenía tantos problemas para dormir que decidió pasar las noches en un hotel. Tras acudir a la vivienda, los técnicos descubrieron que el problema se encontraba en las estructuras metálicas del propio edificio. “El uso de las estructuras metálicas se ha incrementado tanto en los últimos años que a veces no conseguimos encontrar el norte en las casas”, indica.
El matrimonio de Córdoba terminó mudándose a otra vivienda, pero normalmente no hace falta llegar tan lejos. Aunque, como hemos dicho anteriormente, existe una gran desinformación sobre este tema, el siguiente decálogo de salud geoambiental podría ayudar a resolver problemas de sueño o fatiga si no se han encontrado otras causas aparentes que los causen:
1. Alta permanencia. Evita situar tu lugar de descanso o de trabajo sobre zonas con alteraciones geofísicas que alteran los campos magnéticos naturales en la superficie y provocan inestabilidad e intensa radiación terrestre. Los lugares donde pasas más horas al día deben estar libres de radiaciones naturales.
2. Descanso. Si has experimentado un caso de imsomnio o dolor de cabeza sin saber la causa puedes probar a no colocar en la mesilla de noche aparatos eléctricos como radio-despertadores, lámparas halógenas con transformador o teléfonos inalámbricos. Además, en esos casos se recomienda no poner el móvil a cargar al lado de tu cama.
3. Móviles. Al hablar por el móvil, hazlo con el manos libres; si evitas colocarte el aparato al lado del cerebro, estarás protegiéndote de sus radiaciones. Conecta el bluetooth o el wifi sólo cuando lo necesites. Procura que los niños no usen los móviles. Puedes leer más recomendaciones sobre el uso del móvil aquí.
4. Electrodomésticos. La lavadora, microondas, horno, caldera, cocinas de inducción o vitrocerámica no deben estar en la pared contigua a la cabecera de tu cama. Aun estando apagados, emiten radiaciones que traspasan la pared.
5. Instalación eléctrica. Comprueba que el cableado no emite más radiaciones de lo estrictamente necesario y que las tomas de tierra funcionan bien.
6. Tecnologías inalámbricas. Las tecnologías sin cables, como los teléfonos inalámbricos DECT o los routers wifi, saturan nuestro entorno de radiaciones. Elige preferiblemente tecnologías con cable y, si la tecnología inalámbrica te resulta imprescindible, siempre coloca las fuentes de radiación lejos de los lugares de alta permanencia.
7. Gas radón. Cuando decores tu casa, evita el uso de basaltos o granitos, algunas cerámicas y ciertos tipos de gres, que pueden ser fuente de gas radón. Si el inmueble tiene estos materiales, asegúrate de que hay una buena ventilación.
8. Antenas y cables. Antes de adquirir una nueva vivienda u oficina, vigila que no haya cerca antenas de telecomunicaciones o de teléfonos móviles, líneas de alta tensión, tendido eléctrico o transformadores urbanos.
9. Electricidad estática. Evita el uso excesivo de materiales sintéticos: moquetas, tejidos, encimeras de cocina, mobiliario, etc. Coloca humidificadores y utiliza preferentemente materiales naturales.
10. Edificios inteligentes. Los lugares cerrados con ventanas impracticables, suelos o techos técnicos y aires acondicionados son caldo de cultivo de bacterias y hongos por el aumento de la ionización positiva del aire. Hace falta una buena ventilación y utilizar ionizadores para mejorar la calidad del ambiente.
@nataliamartin es periodista. Si quieres ponerte en contacto con ella escribe a natalia@vidasencilla.es

Fuente: El País

Antenas camufladas

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La semana pasada, realizando unas mediciones, José Miguel se encontró con algo que no quería encontrarse: una autentica chimenea de microondas que en vez de echar humo se comporta como una antena de telefonía móvil. En realidad es una antena de telefonía móvil, pero súper secreta, como el zapatófono de Mortadelo.

Y es que, ojos que no ven, afectados que no crean problemas. Que bastante atacadas están las pobres operadoras con las recientes declaraciones del Consejo de Europa, de la OMS, y el acoso de las asociaciones de vecinos y afectados.

Lo interesante de todo esto es comprobar la situación ilícita de esta antena, escondida bajo la inocente apariencia de lo que no es, con el único fin de no levantar sospechas de su presencia.

Si un ave blanca se posa sobre un campo nevado, completamente blanco, lo que quiere comunicar es que no se encuentra ahí, con el fin de pasar desapercibida ante sus depredadores, o ante sus presas.

¿Cuántas más antenas súper secretas deben de haber ahí afuera, en forma de chimenea, planta decorativa, o señor asomado al bordillo de una terraza?

Pero la pregunta es:

¿Si no están haciendo nada malo, porque se esconden?

Los campos electromagnéticos en declaraciones oficiales

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Abril y mayo de 2011: esta es una primavera histórica. Nos hemos encontrado con las recomendaciones del Russian National Committee on Non Ionizing Radiation Protección (RNCNIRP) sobre protección ante los campos electromagnéticos. También con la aprobación por el Consejo de Europa del documento que advierte a los gobiernos de los estados miembros de la Unión Europea sobre el riesgo de la exposición a los campos electromagnéticos, las medidas de prevención ante éstos y la revisión de los límites a los que se encuentran sometidos los ciudadanos de la Unión Europea, en especial los niños. Podéis leerlo en su declaración 118/ 2011.

Y por si fuese poco, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Agencia de Investigación del Cáncer (IARC) han reconocido el peligro que puede entrañar el uso del teléfono móvil como posible cancerígeno ante las evidencias de los estudios realizados hasta la fecha. Y, consecuentemente, se incluyó en las listas del IARC en la categoría 2B, que comprende elementos como el DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano) y campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia -véase, los producidos por la electricidad que utilizamos en la industria y en el hogar-.

RNCNIRP, Consejo de Europa, la OMS, e IARC. Si tantas conciencias han despertado de repente a la luz de los informes científicos que sirven para la toma de decisiones de dichos organismos, es porque los estudios, como ya hemos expuesto con anterioridad en este blog, existen, y los resultados son lo suficientemente contundentes como para generar estas opiniones en los miembros que componen estos comités internacionales. Como mínimo, les plantean serias dudas sobre la inocuidad de la exposición a los campos electromagnéticos, y por fin advierten de forma oficial que es imprescindible mantener el principio de precaución antes de tener que llevarnos las manos a la cabeza, como ocurrió con el uso industrial del Radio y el amianto en tiempos pasados, o el tabaco más recientemente.

Está claro que los responsables de las organizaciones internacionales que existen para cuidar nuestra salud, no pueden asumir la responsabilidad de las consecuencias futuras por negación u omisión de tantas y tantas pruebas. Ahora la pelota se encuentra en manos de los políticos y los legisladores de nuestros países.

Es un gran paso. Ahora todas las personas y colectivos implicados tenemos que continuar trabajando para que los gobernantes asuman sus reponsabilidades.

De Madrid a Valencia a 50 Hz (hertzios)

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Ya estamos de vuelta en Madrid. Este fin de semana Geosanix y la Fundación para la Salud Geoambiental han participado en la feria de Biocultura en Valencia, y yo he estado con ellos. Teníamos dos stands y cuatro conferencias para informar al público valenciano sobre los campos de interés de la salud geoambiental. Y la verdad, ha sido un éxito.

El viaje lo hemos realizado en el AVE, con el nuevo recorrido a Valencia recientemente inaugurado. Tengo que decir que el equipo de Geosanix siempre viaja con los instrumentos de medida de campos electromagnéticos en las maletas, con lo cual no pudimos resistirnos a la oportunidad de medir los campos producidos por la línea del AVE.  Sabemos que ésta funciona con corriente alterna en una frecuencia de 50 Hz, como la electricidad que usamos en la industria y en nuestros hogares. El resto de la red ferroviaria del estado español utiliza corriente continua para mover sus trenes.

Pocas sorpresas nos llevamos: las mediciones desvelaron que había campo, y que los valores se encontraban elevados o muy elevados. Sin bajar de los 180 nT (nanoteslas), la media de exposición durante todo el viaje fue de unos 500 nT, aunque se producían picos mucho más altos, especialmente al cruzarnos con otros trenes que circulaban en sentido opuesto.

CEM en el AVE

Personalmente, no creo que una exposición a estos campos de 4 a 8 horas semanales pueda interferir en nuestra salud (en el caso de una persona que viaja de una a dos veces por semana en tren de alta velocidad). Pero ¿qué pasa con los maquinistas y con el personal de a bordo que viajan todos los días?

En principio deberían estar tranquilos, porque los niveles legales establecidos como seguros en el real decreto 1066 del 2001 durante una exposición continuada laboral es de hasta 500.000 nT para el personal de a bordo (que está trabajando), y de 100.000 nT para los viajeros que, como no están trabajando, se considera que su exposición es para público en general.

Claro que si nos basamos en los niveles recomendados por equipos científicos independientes, como el BioInitiative Report del 2007, sabemos que se recomienda no superar los 100 nT en exposiciones continuadas, por los resultados obtenidos en los 1.500 estudios científicos recogidos en este informe.

En la vida laboral de una persona, ¿cuántos profesionales están expuestos a la influencia de campos electromagnéticos sin saberlo? Y si lo saben, ¿conocen la legislación que les protege? ¿Conocen las recomendaciones científicas independientes (posteriores a la normativa de protección) que advierten de la necesidad de valores más restrictivos en aplicar el principio de precaución?

Sería conveniente mantener a todo el mundo informado. Luego, que cada cual elija, ¿no?

El radar de Tarifa

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Seguimos con el banco de pruebas en Geosanix para someter a examen diversas fuentes de radiaciones.  En esta ocasión, medimos el radar de Tarifa y comprobamos los µW/cm2 (microvatios por centímetro cuadrado) que aumentan cada vez que llega un barrido del radar. Los resultados se ven claros: se alcanzan picos muy elevados.

Y ahí es donde surgen las preguntas. ¿Nos dicen a qué frecuencia emiten? ¿Están cumpliendo la ley?

Las radiaciones de los móviles afectan al cerebro

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Ayer los medios de comunicación se hicieron eco del enésimo estudio sobre los efectos de las radiaciones de los móviles en el cerebro. En esta ocasión, el estudio constata un incremento en el metabolismo de la glucosa, que es un indicador habitual de actividad cerebral. Los resultados han sido publicados en la prestigiosa revista científica The Journal of the American Medical Association (JAMA).

Tal y como se explicaba en la noticia de El Mundo, “hablar durante 50 minutos por un teléfono móvil o un inalámbrico casero puede provocar alteraciones en las regiones del cerebro cercanas a la oreja que se esté usando, aunque no está claro que la salud vaya a verse perjudicada por este efecto”.

Y lo cierto es que, como ya sabemos, todavía no hay datos concluyentes sobre los efectos de las radiaciones de móviles en nuestra salud. Pero sí hay demasiados indicios de que inocuo, lo que se dice inocuo, no es. Y si no, ¿por qué los propios fabricantes de móviles recomiendan precaución a los usuarios de estos aparatos? Copio un par de frases del manual de mi teléfono móvil:

“Mantenga una distancia de 25 mm entre el dispositivo Blackberry y su cuerpo mientras el dispositivo Blackberry está transmitiendo”.
“Los efectos a largo plazo por exceder las normas de exposición a RF [radiofrecuencia] pueden presentar el riesgo de daños graves”.

Mirad los folletos de vuestros móviles y encontraréis advertencias similares. Si no hubiera ninguna amenaza para la salud, evidentemente los fabricantes de estos aparatos no incluirían frases semejantes, contrarias a sus intereses.

Ayer lo explicaba muy bien mi compañero José Miguel Rodríguez, director de Geosanix, en Punto Radio. Esta emisora dedicó una gran parte del programa Queremos hablar a explicar los riesgos de los móviles (avanzad el audio hasta un poco antes de la mitad de la barra de tiempo).

Y vosotros, ¿cuántas horas al día habláis por el móvil? ¿Lo ponéis pegado a vuestra oreja? ¿Usáis el móvil incluso en ocasiones en las que tenéis un teléfono fijo a mano? ¿Usáis auriculares de baja radiación?

Las nuevas fuentes de radiaciones, a examen

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Los que leéis este blog con regularidad ya sabéis cuál es uno de los principales riesgos geoambientales existentes en nuestra vida diaria: las tecnologías inalámbricas. Estas nuevas fuentes de radiación han entrado masivamente en nuestros hogares y oficinas, y les hemos abierto la puerta sin calibrar previamente si son verdaderamente necesarias, sin sopesar los inconvenientes frente a las ventajas y sin informarnos de cómo utilizarlas de forma correcta.

En mi trabajo como experto en salud geoambiental, cada día encuentro un nuevo aparato inalámbrico. Hay tantas novedades, y muchas tan desconocidas aún, que en Geosanix hemos decidido poner en marcha un banco de pruebas para someter a examen estas fuentes de radiaciones. Os dejo con el primer ejemplo.

Contadnos que opináis: ¿colocaríais una fuente de radiaciones así al lado de vuestro bebé?

¿No hay estudios científicos? Hay cientos

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La reciente aparición de Geosanix en el Telediario de La 1 sigue trayendo cola. Las quejas enviadas a RTVE por un número indeterminado de telespectadores han sido atendidas por la Defensora del Espectador, Elena Sánchez.

La mayoría de esas quejas son motivadas por un desconocimiento científico de los efectos que pueden causar los campos electromagnéticos en los organismos vivos. Como no nos cansaremos de explicar una y otra vez, nuestros órganos vitales funcionan por impulsos electromagnéticos. De ahí que haya pruebas diagnósticas como el electrocardiograma o el electroencefalograma. Por simple lógica, por tanto, cabe intuir que una exposición de nuestro organismo a estas ondas y radiaciones puede interferir en nuestros ritmos vitales, de la misma manera que un aparato de radio deja de sintonizar correctamente en caso de interferencias.

Pero no nos quedemos en la superficie. Desde este blog me gustaría rebatir, una vez más y punto por punto, los argumentos de quienes tratan de desacreditar no sólo a Geosanix o a la Fundación para la Salud Geoambiental, sino a instituciones y científicos de todo el mundo que dedican esfuerzos y fondos a investigar este fenómeno. Vayamos punto por punto.

1. “No hay ninguna investigación seria sobre los efectos nocivos de las radiaciones”.

No es que no haya ninguna; es que hay cientos y cientos. El Informe Bioinitiative, elaborado por 14 científicos independientes y revisado por otros 12 científicos más, recoge más de 1.500 estudios que arrojan evidencias sobre los efectos de la exposición a campos electromagnéticos en organismos vivos.

Además de los exhaustivos datos contenidos en Bioinitiative, existen muchas más referencias sobre los riesgos de la contaminación electromagnética. En todo el planeta hay científicos cada vez más activos en lo referente a la protección frente a campos electromagnéticos. Ahí tenemos la Resolución de Copenhague, de 9 de octubre de 2010; la Resolución de Porto Alegre, de 15 de septiembre de 2009; la Resolución de Londres, de 27 de noviembre de 2007; la Declaración de París, de 23 de marzo de 2009; la Resolución de Benevento, de febrero de 2006, y multitud de otros acuerdos o resoluciones firmados por científicos expertos en campos electromagnéticos y con gran reputación en sus respectivas especialidades.

Muy interesante, y disponible en PubMed, es la Declaración de Seletun, Noruega, de noviembre de 2009. El artículo se titula Scientific Panel on Electromagnetic Field Health Risks: Consensus Points, Recommendations, and Rationales y aparece publicado en Reviews on Environmental Health, vol 25, nº4 2010; se trata del boletín oficial de los inspectores del Instituto Canadiense de Salud Pública.

El propio Parlamento Europeo aprobó el 2 de abril de 2009 una resolución en la que reconoce explícitamente que “cada ciudadano está expuesto a una mezcla compleja de campos eléctricos y magnéticos de diferentes frecuencias tanto en el hogar como en el trabajo” y que dichos campos electromagnéticos “pueden producir efectos adversos para la salud humana”. El Parlamento Europeo, en esa resolución, insta a su comité científico a revisar los riesgos existentes; pide a los estados miembro y a la industria que colaboren para buscar tecnologías alternativas que reduzcan la exposición de la población a campos electromagnéticos; y recomienda medidas de precaución a la hora de utilizar determinadas tecnologías.

Es evidente que ya existen suficientes datos, recurrentes y todos ellos preocupantes, como para seguir cerrando los ojos a esta situación. Los avances científicos concretos suelen tardar en ser comúnmente aceptados por la comunidad científica y en divulgarse a toda la sociedad, y eso es ni más ni menos lo que está pasando en el momento actual. Pero de ahí a que se silencie el problema, se desprestigie a Geosanix o se ataque a RTVE por divulgar este problema (que es de todos, porque todos estamos expuestos), hay un mundo.

2. “¿Cómo puede ser que el efecto se evite apagando determinados aparatos o electrodomésticos? ¿No debemos preocuparnos porque basta desenchufarlos antes de dormir? ¿Cuando estamos despiertos, estas malignas radiaciones no hacen nada?”

Más que apagar los aparatos eléctricos o los electrodomésticos, el efecto nocivo de los campos que generan dichos aparatos se evita asegurándonos de que la conexión eléctrica es correcta y la toma de tierra cumple su función. Un simple buscapolos, herramienta de uso cotidiano para cualquier electricista y de venta en ferreterías por un módico precio, basta para confirmar que el aparato no continúe en carga eléctrica mientras está apagado.

Esto en lo que se refiere a aparatos eléctricos, pero no olvidemos que cada vez proliferan más otros riesgos, como las altas frecuencias. Nuestros hogares y oficinas están llenos de tecnologías inalámbricas (router wifi, teléfonos inalámbricos DECT, antenas de telefonía móvil frente a nuestras ventanas, teléfonos móviles en nuestras mesillas de noche…). Hemos abierto voluntariamente las puertas de nuestras casas y de nuestros centros de trabajo a toda una serie de fuentes de altas frecuencias. Estamos rodeados de aparatos que continuamente se envían información entre sí mediante campos electromagnéticos. Y la realidad es que estos aparatos suelen dejarse siempre encendidos y en funcionamiento, incluso aunque no se estén usando, cosa totalmente ilógica.

Como resultado, vivimos sumidos en un auténtico océano de radiaciones, cada vez más numerosas e intensas, para el cual no estamos biológicamente preparados y que no pertenece a nuestra naturaleza evolutiva.

Y no, no es que las radiaciones sean más nocivas cuando dormimos. Lo que ocurre es que dormimos unas ocho horas al día, y eso es mucho tiempo para estar expuesto, día tras día, mes tras mes, año tras año, a un posible riesgo electromagnético del que seguramente no seamos conscientes. Recordemos que las radiaciones son más o menos nocivas en función de su intensidad y del tiempo de exposición. Una cosa es estar un rato expuesto a determinado campo electromagnético y otra muy distinta es someternos muchas horas al día a un campo de mayor intensidad durante toda la vida. Por eso conviene analizar nuestro entorno, estudiar a qué posibles peligros estamos expuestos, y eliminarlos o minimizarlos. Las zonas de alta permanencia, como la cama o el lugar de trabajo, son especialmente importantes, como ya hemos explicado.

3. “Para parar las ondas electromagnéticas hay que meterse en una jaula de metal, no hay otra manera de aislarse de las ondas electromagnéticas”.

Efectivamente, cualquier material conductor situado en un campo eléctrico sufrirá cambios en la distribución de sus cargas. Estas corrientes a su vez generan campos eléctricos opuestos al campo eléctrico de partida. En este principio se basa la conocida jaula de Faraday.

Sin embargo, no es cierto que la jaula de Faraday sea la única forma de protegerse frente a los campos electromagnéticos. Como se puede leer en cualquier libro de electromagnetismo, los campos electromagnéticos pueden sufrir reflexión en superficies debido a las corrientes de Foucault. Asimismo, materiales de alta permeabilidad magnética como el mu-metal son capaces de “desviar” los campos magnéticos de baja frecuencia (fundamentalmente los que provienen de la red eléctrica, 50 Hz), lo que nos permite evitar que dichos campos penetren en un lugar concreto, como un inmueble.

Para las radiaciones de alta frecuencia (antenas de telefonía móvil, routers wifi, etc) utilizamos tejidos apantallantes confeccionados con un hilado metálico entretejido que ejerce de conductor y genera un efecto similar al de una jaula de Faraday. También podemos utilizar pinturas de grafito para pintar determinadas paredes y así apantallar radiofrecuencias o eliminar campos eléctricos de la instalación de una vivienda. Muchas veces no hace falta más que apantallar una pared, o poner una lámina de este material debajo de una cama… todo depende de las características y del origen de cada campo electromagnético.

En definitiva, el propósito de estas técnicas no es hacer desaparecer por completo un campo electromagnético en nuestro entorno, sino reducir su intensidad y, por tanto, minimizar el riesgo para nuestra salud por exposición prolongada, que es nuestro ámbito de trabajo.

4. “Es publicidad encubierta”.

Informar de riesgos para nuestra salud y de posibles soluciones que mejoran las condiciones de vida de la humanidad no puede ser jamás publicidad encubierta. Por esa regla de tres, jamás veríamos noticias del tipo “el hospital x realiza con éxito el primer trasplante de x en el mundo”, por ejemplo, porque sería publicidad encubierta del hospital. Quienes esgrimen este tipo de argumentos parecen no pensar en las personas que necesitan esa información para mejorar su calidad de vida. Lo que ha hecho La 1 no es publicidad encubierta, sino todo lo contrario: es divulgar, concienciar a la población sobre una realidad que desconocen y en la que están trabajando cientos de científicos de todo el mundo y, en definitiva, es dar un servicio público a la sociedad, que es la razón de ser de RTVE.

Todos sabemos que la información en televisión es complicada: en apenas 60 segundos hay que combinar rigor científico con explicaciones que cualquier ciudadano pueda entender, sea cual sea su formación. En tan poco tiempo es imposible poner sobre la mesa los múltiples estudios existentes; explicar los mecanismos biológicos por los que las radiaciones pueden resultar nocivas a largo plazo; por qué son importantes factores tales como la intensidad de la radiación o el tiempo de exposición; etc. Pero todo eso no es motivo suficiente para descalificar este tipo de informaciones o negar una realidad científica que está al alcance de cualquiera que no se empeñe en cerrar los ojos.

Lo que no vemos, sí existe

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La mayoría de los campos electromagnéticos que nos envuelven son invisibles a nuestros ojos. Es difícil comprender qué son y cómo se relacionan con nosotros los campos producidos por una línea de alta tensión, un transformador urbano, una antena de telefonía móvil o cualquier fuente que vemos en calles y azoteas. Y si además no podemos ver la fuente, parece que el problema no existe. Pero sigue estando ahí, y además, afecta a nuestra salud.

Antes de que el problema concreto desaparezca, os muestro una fotografía que realizó mi compañero José Miguel una mañana de camino a la oficina. Es de una línea eléctrica que se está soterrando en las aceras de nuestras calles, en Madrid, por el distrito de Moncloa. ¡Menudo tamaño tiene la bobina!

Línea soterrada

Y el tamaño importa, vaya si importa. No tanto el del diámetro del cable, sino el del campo que generan estas líneas soterradas. En muchos casos pueden alcanzar hasta una densidad de flujo de 200 nT (nanoteslas) en la tercera planta de un edificio de viviendas. Imaginaos a pie de calle. Sí, sí, debajo de las aceras por las que pasamos todos los días, en la puerta de nuestra casa. Cables bien escondidos, donde no los vemos; sin arquetas, registros ni una mínima señal que delate su presencia. Ahí, generando nanoteslas a porrillo.

¿Sabéis si tenéis alguna línea soterrada cerca de vuestra casa?

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